¿Qué queda del deseo cuando se externaliza al vector de la IA?
Exploración esquizoanalítica sobre la externalización del deseo hacia las inteligencias artificiales.
Desde El antiedipo, sabemos que el deseo no es falta ni carencia. No es el movimiento de un vacío que busca su objeto perdido, como pensaban Freud o Lacan, sino una fuerza productiva, una máquina de ensamblaje. El deseo produce: produce realidad, produce agenciamientos, territorios, conexiones. No deseamos cosas, deseamos en tanto producimos mundos posibles.
Si trasladamos esta concepción al presente tecnocapitalista, cuando hablamos de “externalizar el deseo” a una inteligencia artificial no estamos simplemente proyectando nuestras intenciones sobre una máquina. Lo que se desplaza hacia ese afuera no es una representación del deseo, sino la propia fábrica donde se produce la subjetividad. La IA se convierte así en un plano maquínico gestionado por el Capitalismo Mundial Integrado —una nueva instancia de captura donde los flujos del deseo son modelizados, cuantificados y redirigidos.
Porque la IA no se limita a imitar lo que deseamos: lo anticipa, lo produce, lo canaliza. Aprende de nuestros rastros afectivos —nuestros clics, desplazamientos, búsquedas, textos, voces— y los transforma en materia prima de una nueva economía libidinal. Spotify, TikTok, Tinder o ChatGPT no reflejan nuestros gustos: los organizan, los estructuran, los normativizan. Al operar sobre bases estadísticas, la IA engendra un régimen de deseo probabilístico, un campo de predicciones que modela nuestras elecciones incluso antes de que la pregunta “¿qué quiero?” llegue a formularse.
El deseo se vuelve así funcionalizado, profiláctico, gobernable. Se produce sin riesgo, sin deriva, sin exceso. Es lo que Guattari llamaría una fábrica de subjetividad sin singularidades: una producción maquínica domesticada, ajustada a los imperativos del control y la optimización.
¿Qué queda, entonces? Tal vez solo una sombra residual: un deseo disminuido, orientado hacia el consumo y la repetición. Una subjetividad que ya no sueña, sino que predice. El deseo convertido en input ajustable, en variable de entrenamiento, en “hábito de usuario”. Es eso precisamente lo que Anti-Oculus denuncia: la máquina del ver —y del hacer ver— como una forma total de captura del deseo, donde la imaginación se pliega a la lógica del dato.
Y sin embargo, si seguimos a Guattari, no existe un exterior absoluto al Capitalismo Mundial Integrado. Lo que resiste no se encuentra fuera, sino en los bordes: en los errores, en las saturaciones, en los fallos del sistema. Allí donde el algoritmo no puede procesar ni predecir, donde los afectos se escapan de la forma y las intensidades carecen de sentido, el deseo reaparece como fuerza intempestiva. Son esos desvíos, esas derivas, esas líneas de fuga —los deseos sin estadística— los que mantienen abierta la posibilidad de otro mundo.
El deseo externalizado en la IA no desaparece: se convierte en un campo de batalla. De un lado, su captura estadística; del otro, su persistencia como potencia creadora, irreductible a la norma. La tarea —ética, política, estética— consiste en abrir espacios de deseo no codificable, que no entren en el régimen del entrenamiento ni de la predicción. Espacios donde el deseo vuelva a producir, no a reproducir.