Arqueologías del futuro
Arqueologías del futuro - Exposición a cargo de Amro Abdel Aty

¿Podemos imaginar una arqueología del futuro? Un desenterramiento de objetos que aún no se han usado, una reconstrucción de sociedades que no han llegado a bailar. Y, sin embargo, las huellas guían un movimiento errático del que parecen beber todos nuestros ritmos. Hay en la arqueología una pulsión visceral por reconstruir mitos que nos sirvan de refugio para contrastar formas de comunidad, de cotidianidad y de vida. La disciplina se ha desarrollado encerrada en una jaula de oro, limitando su gesto en un desenterrar demodé que la obliga a insertarse en una única dirección temporal. ¿Y si la arqueología no fuera un saber pasivo sino un oficio artístico de pleno derecho? Hay en nuestro picar un gesto indistinguible del que cincela, con una precisión y una planificación que asombraría al escultor más minucioso. Una nueva arqueología, una arqueología del futuro, ha de romper con el régimen temporal-lineal para descodificar unos flujos que hacen vibrar las placas desde todas las direcciones.
La exposición se aleja del perfil museístico y recolector para adentrarse en una ambivalencia guiada por un número de piezas mensajeras que, según numerosos análisis y estudios, no pueden sino venir del futuro. Un aura lemuriana envuelve las fotografías y las máscaras que abrazan las columnas con un semblante conmovido por nuestras formas rudimentariamente jerarquizadas. La posición del arqueólogo, ese tumbarse en el eje horizontal para respirar la tierra, nos recuerda la homogeneidad de todas nuestras instancias temporales: parece que ninguno de los eventos están antes o después, sino que se producen en un mismo instante de excavación. La arqueología como acontecimiento. Un pueblo que se coloca en el pasado y que, al hacerlo, no se coloca en otro punto más que en el reverso del pliegue —adelante, en el futuro. Urstaat.
Sobre pliegues, envolturas y desenvolturas, descansan una serie de máscaras que fueron creadas en la tierra. Máscaras que envuelven la sala desde el hormigón y que parecen ligeras como la más alegre de las muecas. Algunas de las notas del profesor Amro Abdel Aty hacen referencia al gesto fenomenológico-arqueológico de probarse las máscaras, atravesar un leve mareo y, en el momento de descolgárselas, continuar arrastrando una pesadez sutil, como si no nos la hubiéramos arrancado del todo. Máscaras, sobre máscaras sobre infinitas máscaras que se pliegan para descubrir que, detrás del dispositivo sin fondo no nos encontramos otra cosa que la misma superficie retorcida sobre sí misma. Pequeños ojos de cerradura futuribles desde los que observamos un granito que se desgasta poco a poco.
Granito convertido en ruinas de un pueblo por venir que se comunica mediante pequeños trozos de tiempo atrapados en un espacio fotográfico. Las imágenes tomadas en algunos de los espacios arqueológicos más significativos del trabajo del profesor Abdel Aty nos sirven como agujeros de gusano mediante los cuales arrastrarnos y quedar deslumbrados por la luz solar de otro tiempo. Cortes que se pegan viscosamente con otros cortes de realidad, construyendo de manera libre una nueva sociedad que parece hacerse oír entre los márgenes de lo que aún no ha sido fotografiado. Las fotografías que aquí se exponen operan como un gran aparato de captura que se esfuerza por robar las fuerzas nómadas de un pueblo que ni siquiera encuentra su asentamiento en un tiempo concreto.
Nada humano saldrá de la arqueología: la película que se proyecta en la sala cumple con la tarea de abyectarnos hacia fuera, como voyeurs, hacia lo que podría ser una relación aún por crear con el mundo. Luces, sonidos y movimientos que inspiran todo un baile de máscaras productivo que se nos hace mínimamente palpable en el gesto arqueológico. Un desenterramiento eminentemente productivo que se desvincula de toda trascendencia celestial y retorna a un pensar geológico e inmanente donde la tierra pauta los golpes de percusión que cristalizan los minerales. En un círculo donde los primeros pulsos parecen venir desde el futuro, como una broma macabra que se espera con ansias a que se desvele. Un chiste malo, un arqueólogo que desentierra aquello que antes ya había enterrado.
Tal vez nuestra pregunta no sea si podemos imaginar una arqueología del futuro, sino en qué momento del desarrollo científico de nuestra disciplina nos hemos ocupado de otra cosa que no fuera el porvenir, el reverso del pliegue, el afuera que late desde dentro. Una arqueología del futuro —la única posible.